Descripción de la Visita a las escuelas y a la Villa de Medellín que hizo D.Luis Bello(1), en la primavera (enero ó febrero) de 1927, guiado por D. Francisco Valdés.

(Transcripción de la parte del capítulo III que hace referencia a Medellín).


    III

MEDELLÍN

1. EL PUEBLO, EL CASTILLO, EL RÍO.

A Don Francisco Valdés, que me guió en esta visita.

       Hemos llegado al último avatar de Medellín, amigo Valdés; el último hasta ahora. mientras la fortuna no depare otra cosa. Vistió túnica y toga romana; cota de malla medieval; sayo de seda; finalmente, se atuvo al paño pardo, el mejor para andar entre terrones y entre ruinas. Usted me trae a ver a este Medellín de hoy pensando en los anteriores, y quisiera usted la luz diáfana, transparente como cristal de roca, que da toda su violencia y su delicadeza al paisaje de Extremadura. Pero el viento no nos deja en paz. Vienen y huyen amenazándonos, grandes rachas de lluvia con los hilos de agua diagonales pero de abajo arriba, del pueblo al castillo. Los cerros -tan próximos- quedan coronados de nubes bajas.  Todo el panorama de la batalla de Medellín, desde la escarpa que eligió como atalaya el duque de Bellune, el francés, sufre las veladuras de un cielo borrascoso. Es, sin embargo, muy bueno para el campo este temporal de aguas, que no augura derrota, sino cosecha y estando por su último avatar, la noble villa de Medellín convertida en honrado y pacífico labrador, conviene que llueva. Usted suele decirlo. "Si Extremadura eligiese colores para su bandera, deberían ser: tierra de barros, bien roja, y verde, joven, de trigal". Todo se le pide hoy el campo -sangre y esmeralda-. Sin estos días velados, la luz de agosto sería terrible.

        Desconcierta a cualquier peregrino la llegada desde Don Benito a la plaza de Medellín. La villa de Hernán Cortés, que esperamos -hermana de Trujillo, la de Pizarro-, se ha desvanecido. No veo caserones solariegos, ni portaladas, ni ventanales góticos o renacentistas, ni columnas, ni arcos... Lo que hubiera en el siglo XVIII, poco o mucho, lo ametralló y arrasó la invasión francesa. No quiso usted, amigo Valdés, deshacernos también esa leyenda de que, en medio de la plaza, junto a la estatua de Cortés, erigida por un Ayuntamiento canovista, precisamente bajo el escudo del conquistador arrebatado por los franceses, rescatado en Don Benito e incrustado hoy en un sillar de piedra berroqueña, está la casa donde nació Hernán Cortés. Yo no la vi, ni usted tampoco.El monumento a Hernán Cortés en una fotogafía de la primera década del siglo XX. (J.R. Mélida, 1907-1910) El acalde, que precisamente es un maestro, no tiene noticia de semejante cripta. ¡Qué lástima! Valdría la pena de descubrirla o de labrarla. Pero está mejor así, montada y descarnada por los recuerdos, la plaza de Medellín, borrado el rastro de su héroe, el rastro mortal, y reducido todo a esa estatua fría y a ese hito de problemática autenticidad. Para que la plaza nueva no sea una plaza vulgar, basta el castillo cayendo a plomo desde la cúspide del cerro. El cerro y el castillo la dominan, y, sin embargo, parece como si brotaran de ella. Habrán cambiado las moradas nobles, convirtiéndose en casitas de aluvión, traídas por el Guadiana; pero el gran aparato escénico de Medellín: el cerro con el castillo, el río con su puente, es hoy, como en la infancia de Fernando, el hijo de D. Martín Cortés de Monroy.

    Otras cosas podrían quedar como testimonio del la Conquista. No hay en el censo de Medellín apellidos de los conquistadores. Los Altamiranos, Ávalos, Bustos, López de Benavides, Pantojas, Talaveras, arraigaron, sin duda, en la Nueva España y les dejaron sus tierras a los condes, señores de Medellín. "Francisco Hernández -dice un memorial de Indias- natural de Medellín de Extremadura, no embargante, que es oficial de sastre, se ha ocupado en edificar seis pares de casas que ha hecho y labrado con su industria" (2). Hasta los sastres de Medellín -hay otro Álvaro Mateo(3), "padre de once hijos, de ellos seis mujeres, las seis casaderas"-, hasta las gentes de paz que no concurrieron a las velas y rondas de Méjico, fueron a poblar la Nueva España, siguiendo los pasos del Marqués del Valle. Quedaron en España los viejos. Quedó Martín Cortés, el padre, de quien dejó hecha Fray Bartolomé de las Casas una semblanza apasionada y envenenada: "Escudero, harto pobre y humilde, aunque cristiano viejo y dicen que hidalgo". El padre Las Casas era mal enemigo. A Medellín le escribía su hijo cartas como aquélla que muchos buenos extremeños, usted los conoce, saben de memoria:

(...) que yo tengo por mejor ser rico de fama que de bienes, y por conseguir ésta los he todos pospuesto y no solamente he gastado los míos, más aún los ajenos.

        ¿Cuanto tiempo aguantó en Medellín la familia de Hernán Cortés? Yo sé que hoy queda uno de su apellido en la villa: es el carnicero. ¿Y en las escuela? ¿No hay entre estos muchachos, en la clase de D. Antonio Pulido, alcalde y maestro, o en la de su compañero, D. Sergio García, algún nieto de conquistador? Bien puede ser; pero no responde ninguno.

    - ¡Como no los haya allá arriba!... -¿Dónde?

    - En el castillo.

    Difícil es comunicar a quien no lo haya visto la emoción del castillo de Medellín. Pero usted, querido Valdés, ha subido muchas veces aquel repecho, se ha guarecido a la sombra de la vieja y ruinosa arciprestal y ha entrado, muy despacio, volviendo los ojEl castillo a comienzos del siglo XX. (Foto J.R. Mélida, 1907-1910)os muchas veces a la campiña y a los montes, por aquella rampa y aquellas escalerillas de piedra, encajonadas en el muro. Y sabe usted muy bien que, aun estando desierto, solitario, el castillo, no faltan cortejos solemnes por aquella escalera de piedra tan empinada y tan resbaladiza. Dos plazas, grandes y despejadas, hay en el recinto del castillo. Una está labrada y sembrada de cereal Es buena tierra, aunque el arado levanta pedruscos. En el centro quedan la ruinas de Santa María. La otra nos abre de pronto su cancela y nos muestra el camposanto más extraño que pueda existir sobre el planeta. Dentro de las murallas nadie puede decir a qué mundo, vivo o muerto, pertenece aquel sombrío, gigantesco y disforme paredón almenado, a cuyo pie, como un pueblo de hinojos bajo la gran muralla de la China, nace una ciudad minúscula, de casitas blancas orientales, que no son casitas, sino lápidas, sepulcros blancos, blancos... Entre la falsa ciudad oriental y nosotros, un prado de hierba fina y de flores silvestres. El vecino que labra la otra mitad del recinto preferiría que le dejaran algunos años cambiar de plaza. Hoy lo bate el viento, a pesar de que las murallas son altas y se conservan casi enteras; pero no hay en ninguna parte un rincón tan silencioso y tan seguro. Por estar en lo alto, los humoristas de Medellín dicen que aquí nadie baja a la tumba, y es verdad, aunque sepamos de antiguo, hasta por referencia de Madoz, que hay exceso de fiebres malignas, "siendo la vida de los habitantes corta y achacosa". Pero volvamos al llano, amigo Valdés; crucemos estas calles empedradas de guijos, y vamos a decirle adiós a la cuna de Hernán Cortés desde la orilla del Guadiana.

 

1. ORILLA DEL GUADIANA

        Tiene la orilla del Guadiana en esta parte de Medellín -casi tanto como en el malecón de Mérida, junto al Conventual-, un poder de atracción fundado sin duda en la extrema sobriedad de los elementosAl fondo puede observarse la iglesia de San Martín, Porta Coeli, el Hospital y la parroquia de Santa Cecilia. (Foto de finales del siglo XIX/comienzos del XX) naturales, la serenidad del paisaje el silencio y la lentitud de la corriente. Hay allí, bajo el castillo, un molino encantado que cubre las grandes avenidas, y ahora casi no muele sino orujo. Está el viejo puente romano, reconstruido por los Austrias. Entre el puente y la molineta, una ribera de cantos rodados, donde van a bañarse las mujeres cuando aprieta el calor. Pasan las horas sin sentir en ese remanso, y hay que arrancarse violentamente el maleficio para seguir el viaje. Porque estas orillas del Guadiana sufren el maleficio del anófeles: calenturas, paludismo, malaria. Don Adolfo Barrado, el médico de Medellín, podría decirnos si la vida de estos vecinos es "corta y achacosa" hoy como hace un siglo. Los muchachos que yo he visto en la escuela me han parecido más sanos que los de Don Benito. Quizá haya mejorado la salud de pueblo.  Pero el Guadiana sigue el mismo  curso, y sus márgenes quedan en seco de abril a octubre. Éste es el río lento, ancho; la contrafigura del Tajo dentro de la misma región extremeña. El Tajo es fuerza; el Guadiana, fecundidad. Pero el primero es desolado y el segundo palúdico. No acaban de portarse como buenos amigos del hombre, acaso porque el hombre no ha aprendido aún a tratarlos bien. Y aquí está el Guadiana, gran protector esquivo, peligro manso. Hemos de verle pasar bajo los arcos de otros puentes hasta dejarle, más allá de Olivenza, en la Extremadura portuguesa. Tendremos ocasión de acercarnos alguna otra vez.Vista del Puente y del Castillo. (Fotografía: F. Garrorena, 1929)

        Vista del Puente y del Castillo. (Fotografía: F. Garrorena, 1929)

 

  Lo inesperado en Medellín no podía ser el río, ni siquiera el castillo. Lo inesperado es encontrarse con un pueblo que parece muerto, o por lo menos condenado a muerte, que no llega a dos mil habitantes y que llena de chicos cuatro escuelas. Aquí no hay descuido. Los edificios son del ochenta y tantos(4). Grandes, a puerta de calle, fríos y demasiado severos. Pero el pueblo los llena. Cada maestro tiene más de noventa niños de matrícula. Asisten con bastante regularidad, mejor que en otros pueblos más ricos, casi todos los matriculados; y quedan muchos esperando turno para entrar, con tal interés, que pronto va a construir el Ayuntamiento un grupo de otras cuatro escuelas. El maestro-alcalde trabaja para resolver el asunto, pero no necesita pelear con el Concejo ni con el vecindario, porque todos están convencidos de que los pueblos, ganaderos o labradores, fabriles o marineros, no mejoran su vida hasta que tienen buenas escuelas y buenos maestros.

        La lucha con el paludismo no pasa aquí de un cartel en la escuela. Todo el curso del Guadiana debería estar señalado por la propaganda tenaz y práctica de centenares de estaciones sanitarias. Las primeras lecciones deberían recibirlas chicos y grandes en la escuela. Ésta sería la iniciación, y el maestro, con el médico, los dos pilares de la propaganda. De esta manera se levantaría el pueblo y subirían menos cortejos la rampa de piedra del castillo de Medellín.


 

(1) BELLO, Luis (1927): Viaje a las escuelas de España. [Extremadura]. Edición de la Editora Regional de Extremadura. Badajoz, 2004. Viajes a Extremadura. Plan de Fomento de la lectura en Extremadura. Páginas 135-141.

(2) Francisco Hernández. Hijo de Francisco Hernández e Inés de Escobar. Sastre y albañil. Pasó a Méjico y en 1536 era ya vecino de la Puebla, donde vivía en 1547, habiendo ya hecho 12 casas a su costa.  (Navarro del Castillo)

(3) Álvaro Mateos era hijo de Pedro de Mendoza y Beatriz de Vadilla. Era sastre y pasó a Méjico en 1529. En 1531 era vecino de la C. de Méjico y en 1547 de la Puebla, donde tenía su mujer y 11 hijos. (Navarro del Castillo).

(4) Las escuelas estaban situadas en la manzana comprendida en lo que después serían viviendas de los maestros. Había cuatro escuelas, dos de chicas y dos de chicos. La de D. Antonio Pulido tenía la entrada por la calle Olid (frente al actual plub Tiffan's). La de D. Sergio García  se entraba por la actual vivienda de la vda. de D. Pedro Cortés. A la de Dña. Amparo Rey se entraba, aproximadamente, por la actual vivienda de Ángel Barragán y a la de Dña. Margarita se entraba por la actual tienda de chucherías. (Datos recogidos debido a la gentileza de D. Miguel García González, natural de Medellín y residente en Madrid)